Antonio Manuel | Desánimo

Me niego a vivir anclada en el desánimo. Eso dijo ella tras escuchar mi visión apocalíptica sobre el drama humano que la globalización de la avaricia ha provocado en el planeta. Hace más de un año me respondió igual en una tertulia radiofónica, desgraciadamente desaparecida y que ella misma moderaba. Antes y ahora me limité a rasgar el velo que separa lo evidente de lo invisible. Y jode. Porque obligas a ver lo que no se quiere ver. Crisis, la llaman. Pero es mentira. Es el estertor de un cáncer terminal que ya existía.


En el debate estéril y olvidado entre los cuatro candidatos a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves vaticinó que 2009 sería el año del pleno empleo y Julián Alvarez que sufriríamos una crisis de trágicas dimensiones. Conservadores y comunistas apelaron a sus discursos estereotipados y ninguno mencionó la palabra maldita. Manuel Chaves ganó las elecciones y Julián Álvarez quedó fuera del Parlamento. El primero mentía y el segundo decía la verdad. Pero los andaluces se negaron a vivir anclados en el desánimo.
Mi amigo Antonio encontró empleo en una fábrica de Villarreal. Ganaba mucho y trabajaba más. Allí se compró un piso y allí tuvo dos hijos. También allí se moría de pena. Echaba en falta la luz intangible de su pueblo. Vendió el piso y con la miseria que le sobró se vino a buscarse la vida. Comenzó pintando por horas. Lleva veinte meses sin trabajo. Y sin ayuda. Ayer me lo encontré rifando un manojo de espárragos. Este año volverá a salir en carnavales. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.      
Un conocido constructor recibió un crédito multimillonario para especular con los pisos que construiría. La mitad no los hizo. Vendió unos pocos. Y el resto siguen vacíos. El constructor se fue a la quiebra y mandó al paro a todos sus trabajadores. Hoy, esa misma entidad bancaria se niega a conceder un préstamo a uno de sus clientes ahorradores para pagar la hipoteca de uno de esos pisos. El mismo banco que infló su precio y que ha recibido a cambio una millonada del Estado. Él es autónomo. Su mujer, ama de casa. Tienen tres hijos. Han reservado mesa para el día de los enamorados. Y en algún momento de la noche ella le dirá que ha encontrado otra casa que limpiar que no es la suya. Porque se niega a vivir anclada en el desánimo.           
Él dejó el campo para irse a los hoteles con su novia. Compraron un piso y tuvieron un niño. Se separaron el año pasado. Él vive con su hijo y todo lo que gana va directamente a la hipoteca. No hay turismo. Le han propuesto trabajar menos y cobrar aún menos. No sabe qué hacer. Ni qué comer. Regresar equivale a perder lo que más quiere. Ha conocido a otra chica pero teme enamorarse de ella. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.
Ella dijo lo que sentía. Tiene razón y todo el derecho a negarse a ver lo evidente. Como tú. Y yo tengo el deber de aceptarlo, sobreponerme a este infecundo cansancio, y seguir buscando la utopía de la esperanza. Para no vivir anclado en el desánimo

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