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Casandra, Héleno y los colibríes

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Este artículo es un elogio a la buena gente. Nada más. Y nada menos.

La mitología griega es el atlas de tu vida con los nombres cambiados. Yo mismo me he sentido grande o miserable al reconocerme en alguno de sus dioses. Últimamente, en Héleno, el hermano gemelo y desconocido de Casandra. Los dos atados por el ombligo a la condena de prever el futuro y no poder evitarlo. Una y mil veces. En un bucle demoníaco que los llevó a perder la esperanza y la vida. En ese orden. Ambos contaban como certezas las catástrofes que para el resto no alcanzaban el rango de remotas probabilidades. Pero nadie les hacía caso porque la mayoría prefiere acatar el destino a modificar lo que se nos viene encima. El futuro, como la muerte, es irreparable. 


Yo, sin embargo, prefiero convertir el futuro en una verdad evitable porque todavía confío en la conciencia transformadora y rebelde del ser humano. Aunque sea actuando como colibríes. Desconozco el origen de esta fábula. Me da igual si es religiosa o pagana. Si es popular o se la inventó el Coelho de turno. A mi me la contó una amiga. Creo en ella. Y la practico.

El bosque ardía. Los animales huyeron hacia el lago. Y allí lamentaron la pérdida del decorado de sus vidas. Todos menos el colibrí. Tomó una gota de agua en su pico y se fue dirección a las llamas. Volvió una, dos, tres, cuatro veces ante la mirada atónita de los demás. Al quinto viaje, un animal cualquiera le preguntó: “¿No ves que tu esfuerzo es inútil? Ni aún con un millón de gotas, ni aún dedicando tu vida entera, conseguirías apagar el fuego”. Tienes razón, contestó el colibrí, pero al menos yo estoy poniendo mi parte.

La realidad es terca y conviene aceptarla. Como el resto de los animales, el colibrí también acepta la insolencia de la verdad. Pero no la acata. Sabe que el bosque se convertirá en cenizas irremisiblemente. Pero con su conducta diferenciada de la masa, el colibrí está quemando las conciencias del resto de los animales que contemplan las llamas con los brazos cruzados. Si se hubiera quedado quieto como ellos, ninguno se hubiera cuestionado su comportamiento. Al asumir su responsabilidad colectiva, los está dejando en evidencia. Porque si todos imitaran al colibrí, tal vez la realidad sería otra. Quizá se apagara el fuego. Al menos, el fuego de sus conciencias. En eso consisten las utopías. En aceptar la realidad para desobedecerla. Y fabricar un futuro humano al impuesto por los dioses.

Casandra y Héleno actuaron como colibríes. Intuyeron el futuro divino y se empeñaron humanamente en evitarlo. Desde esta ventana os invito a actuar como ellos siendo colibríes. A poner en evidencia la rendición de las masas. Aunque nos equivoquemos. Decía Alain Minc que “quien hace cosas se equivoca a veces; quien no hace nada se equivoca siempre”. Estoy cansado de escuchar a quienes están cansados de quejarse. Y cansado de las estructuras de poder que asesinan con la indeferencia a los pocos colibríes que todavía nos quedan. Miles de personas anónimas luchan a diario por los demás en causas sociales, políticas, culturales, grandes y pequeñas, pero clandestinas para la masa que las niega porque no las ve. Va por ellas.

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