El hermano vivo


SE llaman asimétricos a los hermanos siameses que no comparten por mitad el mismo órgano que los ata y los mantiene vivos. Lo más normal es que peligre la existencia digna de ambos. La separación entonces conlleva irremisiblemente la muerte de uno. Y en la salvación del más fuerte se mezclan, de una forma tan infame como práctica, la ética y la matemática. El más viable debe vivir. Aunque quisiera suicidarse con las manos de su hermano. En el vivo permanecerá el alma del muerto. Y el cuerpo sin vida irá a la basura.

Algo parecido le ocurren al Congreso y al Senado. Dos hermanos siameses y asimétricos. Uno de ellos debe morir. La primera moción sensata que debería presentar un senador libre e independiente sería la desaparición del Senado. Y la razón es simple: su hermano siamés contiene la mayor parte de sus órganos vitales. Desde que nacieron, la representación territorial del Estado también se halla en el Congreso. Incluso mejor representada. La experiencia ha demostrado que un solo hemiciclo se basta para radiografiar la diversidad ideológica y territorial de España. Las dos. Porque se puede ser conservador españolista o nacionalista excluyente. Y se puede ser de izquierda centralista, federalista o independentista. Todos tienen cabida en el Congreso de los Diputados. De ahí que no obedezca a la casualidad que tenga la forma de una rosquilla a la que le hubieran pegado un mordisco abajo. Políticamente hablando, España es así. Un Donuts. El agujero central lo ocupan los partidos estatales: la derecha y la izquierdas sociológicas (en el fondo, hermanos siameses y gemelos), con sus márgenes rosas a la derecha y rojos a la izquierda. Y la periferia representada por formaciones territoriales. Cada vez por más. Y nunca tantas como ahora. Desde Galicia a Valencia, incluidas las islas, todas las comunidades estarán representadas en Madrid. ¿Y Andalucía?

Sin lugar a dudas el bipartidismo es un problema. La simplificación en general. Como explica elocuentemente Sebastián de la Obra, un pueblo es inculto cuando reduce el abecedario a sólo dos letras. No cabe duda que parte del mal se halla en una ley electoral que debe reformarse, aunque no en el sentido que pregonan muchos partidos centralistas. Porque allí donde existe diversidad, el bipartidismo es la anomalía. En Cataluña o Euskadi, sus ciudadanos no confunden el objeto de las elecciones y fraccionan el voto. Saben que son legislativas, no ejecutivas. Parlamentarias, no presidenciales. Eligen a sus representantes, no al presidente. Y cada uno vota la ideología que mejor se acomoda a su circunscripción electoral. Ahí está clave. Esta vez, toda la esfera de la rosquilla tiene clara la mayoría absoluta del Partido Popular. Euskadi formará hasta dos grupos parlamentarios para forzar el debate de la autodeterminación. Cataluña exigirá un paraíso fiscal dentro del Estado. Pero también entrarán gallegos, asturianos, cántabros, aragoneses, valencianos, canarios y hasta Baleares. ¿Y Andalucía? ¿Volveremos a ser el bocado de la rosquilla? ¿Cuándo nos daremos cuenta que somos el hermano siamés que debe sobrevivir?

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