Perder es dejar de luchar


Hoy podría ser 17 de enero. Efeméride de uno de los días más importantes e ignorados para la Historia de la Humanidad. El día en que el Capitán Robert F. Scott decidió seguir adelante a pesar de la derrota. El día que dio sentido a su vida. Y a la mía.

La naturaleza es el mejor cómplice para el que se atreve a escucharla. Avisa de sus peligros con señales evidentes. Todas las criaturas las respetan por el bien recíproco de ambas. Sólo el animal humano es capaz de no acatarlas. Por ejemplo, la naturaleza endurece, tizna y amarga los alimentos quemados. Y aún así, nos los comemos sin necesidad. Por la misma razón están helados los vértices del eje planetario. La naturaleza los hizo inhabitables para salvarse a sí misma y a quienes dependen de ella. La carencia absoluta de sustento, de más paisaje que la desolación o el frío extremo, son signos burdos de protección y alerta. Suficientes para cualquier ser irracional. Invitación a la osadía para el animal humano.

El siglo XX pasará a la historia de la Humanidad como el que puso fin a las afueras y a los adentros del planeta. Tras acabar con las últimas hazañas posibles de conquista en la Tierra, el ser humano se entretuvo en destruirla con dos guerras mundiales y una feroz depredación de sus recursos. Como colofón, pisó la Luna para ampliar las afueras. Y destruirlas después. En 1910 sólo quedaban los Polos sin huella humana. Para corregir esta disfunción histórica, partieron hacia el Norte los estadounidenses Peary y Cook, y hacia el Sur el noruego Amundsen y el británico Scott. Estos últimos, por separado.

16 de enero de 1911. El Capitán Scott se encuentra a 90 grados de latitud. A un puñado de kilómetros de la gloria. Pero al poco tiempo de reemprender la marcha, atisba una bandera negra anclada sobre un trineo. Después de millones de años de vacío y soledad, por unos días de mierda no será el primero en llegar al Polo Sur. La hazaña se ha degradado en aventura. En derrota. Y aún así, decidió continuar junto a sus últimos cuatro compañeros de viaje. El 18 de enero, desde el Sur exacto de la Tierra, Scott escribió en su diario: “Aquí no hay nada que ver. Nada que se diferencie de la atroz monotonía de los últimos días”. Y regresaron para morir a mitad de marzo y de camino. El penúltimo día de su vida, Scott dirigió estas palabras a su esposa: “Como sabes, yo mismo hube de dominarme para ser un hombre esforzado. Siempre tuve inclinación a la pereza… Cuánto podría contarte de este viaje. Y cuánto mejor fue emprenderlo, en lugar de quedarme sentado en casa disfrutando de una excesiva comodidad”. Antes de morir congelado anotó: “Envíen este diario a mi esposa”.

Hoy podría ser 17 de enero. Otro día en mitad de la nada. Ya no hay afueras físicas ni intelectuales que conquistar. No hay una porción dentro o alrededor del planeta sin basura humana. En una quema de libros prohibidos, las hojas estarían en blanco. Y aún así, muchos seres humanos han decidido seguir adelante. Vivir y sentirse vivos. Luchar. Porque la esperanza no pertenece a quien espera sino a quien busca.

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