Manos de mujer

Cuando niño creía que las manos adultas no tenían género. Que se nos iban encalleciendo con los años como la piel de las esponjas. A todos y todas sin excepción. Las manos de mis abuelas parecían un erial cuarteado por la sequía. Evitaba las caricias de mis tías para no lijarme la cara con sus dedos. Las de mi madre arañaban a su pesar. Todas habían sido jornaleras. Todas presumían de tener manos de hombre. En el campo. Pero no en la calle. Ni en las tabernas. Ni en la…

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