Niños y borrachos

La mujer nos llamó sinvergüenzas. A voces. Para que todo el mundo lo oyera. Justo al lado unos chicos tiraban migajas de pan a las palomas. Uno de ellos se unió a la mujer y nos echó la culpa de estar parado, de no encontrar trabajo, de su desesperación, que estaba harto de enviar su currículo, que todos los políticos son iguales… Me acerqué a los dos y no querían escucharme. Junté las palmas de mis manos y supliqué diez segundos para ser escuchado. En ese momento se unió otro…

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